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El ser humano, a lo largo de los tiempos, ha ido privándose y
distanciándose, y de una manera un tanto extraña, del arte curativo del tacto.
Muchas veces somos capaces de acariciar al perro, gato o caballo de un amigo
antes que a él. Esta timidez adquirida no nos permite reflejar nuestros
impulsos naturales.
Por intuición, si hace frío nos frotamos, si nos duele algo nos
tocamos, y desde que somos pequeños lo cogemos todo, comportamientos que
lamentablemente vamos perdiendo con el tiempo.
El tacto nos da tranquilidad, calor, confort, placer y nos evita
la soledad. Practicarlo es una dosis de cal ante la vida arenosa que
llevamos los adultos.
El masaje activa nuestras propias fuerzas internas,
ayudándonos a la autocuración y a recuperar la vitalidad perdida.
El masaje, en definitiva, se percibe íntegramente en el ser. No ofrezcas
resistencia al tacto y se abrirá ante ti un mundo lleno de nuevas sensaciones
positivas. Piérdete en él: merece la pena.
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