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Mi relación con la Osteopatía es larga, y comenzó en 1995 cuando el médico de empresa de la editorial en la que
trabajaba como director de informática me recomendó encarecidamente un tratamiento osteopático para mis cervicales. Necesité sólo tres
sesiones de una hora, una por semana, para que mi cuello volviera a recuperar la movilidad perdida. Desde entonces,
una sesión mensual y no he vuelto, afortunadamente, a sufrir de problemas en el cuello.
Pero la prueba de fuego llegó tres años más tarde. Un sábado por la mañana, al sacar las bolsas de la compra del
ascensor, tengo que decir que de prisa y mal (doblando la espalda en lugar de las piernas y cargando mucho peso), la espalda me crujió:
un latigazo me recorrió la zona lumbar y vi las estrellas. Según fue pasando el día, las molestias se convirtieron en dolores, y por la
noche la espalda prácticamente no se sujetaba y tenía que ir apoyándome en las paredes.
Fui al médico de cabecera el lunes por la mañana. Diagnóstico: lumbalgia. Receta: 12 inyecciones de “Incitán” para
eliminar la lumbalgia. Tenía esa misma semana hora con Pedro, mi osteópata, que después de explorarme me dijo que tenía una contractura de “caballo” en la
zona. Después de una hora de trabajo, consiguió quitarme casi todos los dolores. Al día siguiente tenía, sin embargo, un único dolor,
que seguramente estaba antes camuflado por los dolores musculares que tenía en la espalda. Era un dolor constante, oscuro y profundo,
que partía de la espalda baja, seguía por detrás del glúteo izquierdo y me llegaba hasta la rodilla izquierda.
Nuevamente al médico, que me envió al traumatólogo. Éste me hizo las pruebas de reflejos de rigor en la
pierna izquierda. Diagnóstico: irritación del nervio ciático, ya que conservaba los reflejos de la rodilla y el tobillo. Medicación:
un antiinflamatorio por vía oral junto con un protector estomacal (para evitar los conocidos efectos secundarios del primero), reposo
y una manta eléctrica en la espalda.
Al cabo de tres semanas, sin experimentar mejora alguna, fui a la misma consulta, donde me atendió un segundo
traumatólogo. Me hicieron radiografías de la columna que no revelaron nada especial. Diagnóstico: irritación del nervio ciático. Cambio
de antiinflamatorio, reposo, pomada en la zona y manta eléctrica.
Un tercer traumatólogo al que fui, desesperado, de urgencias, me iba a despachar a casa con el mismo
diagnóstico y un nuevo antiinflamatorio, y le rogué, llorando, que no podía seguir así, que no descansaba, que no rendía en mi trabajo
y mi carácter se había vuelto insoportable. Me envió entonces a realizar una resonancia magnética por si tenía hernia discal, aunque
“al 99% que no es una hernia discal, porque conserva usted los reflejos en las articulaciones de la pierna”. Cuando le llevé las
imágenes de la resonancia, y su correspondiente diagnóstico, dijo sorprendido: “pues vaya hombre, sí que es una hernia”. Y me envió
al neurocirujano.
Éste, una vez examinadas las pruebas, me dijo que “es un caso típico de hernia discal entre la quinta
vértebra lumbar y la primera sacra. El disco tiene una profusión lateral izquierda que afecta a la raíz del nervio ciático: hay que
operar”. Yo le razoné que, si habían tardado tres meses en diagnosticarme la hernia, no debía de ser tan fuerte, y que a lo mejor se
podía evitar la operación haciendo ejercicios de rehabilitación, natación, etc. La respuesta: “usted verá, pero tarde o temprano se
tendrá que operar”. Mi contestación: “¿sabe usted qué le digo?: que más vale tarde que temprano”. Y me fui.
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Volví a Pedro, le expliqué mi problema y le pregunté si podía hacer algo. Puso mala cara, “es muy difícil, no te hagas
ilusiones” y me pidió las imágenes de la resonancia. Mientras las estudiaba en su despacho, uno de sus ayudantes me fue dando un
masaje, preparándome para una posible manipulación osteopática. Cuando volvió le pregunté: “¿puedes ayudarme?”. “Sí, puedo ayudarte”.
“Y serán necesarias varias sesiones, me imagino”. “No, una sola sesión: ahora”. No le creí.
Me explicó qué iba a hacer: “la protusión no es muy fuerte, de hecho sólo pinza el nervio ciático, no lo estrangula:
por eso conservabas los reflejos en la pierna. Si fuera posterior afectaría a la médula y no tendría tratamiento osteopático,
posiblemente habría que operar. Pero como es lateral sí puedo manipular la zona.” Todo parecía razonable y le pregunté qué iba a hacer
exactamente. “Voy a intentar devolver el disco a su sitio, ya que no está herniado y no tiene aparentemente deformación. Voy a apretar
sobre el paquete muscular de esa zona de la espalda, que a su vez presionará la raíz del nervio ciático y finalmente el disco, y lo
vamos a empujar para que vuelva a su sitio. Eso sí: te va a doler”.
Ya lo creo que me dolió. Pedí un palo para morderlo al estilo Tarzán, y Pedro me respondió que no me preocupara y que
gritara todo lo que quisiera. Tal era la fuerza que él hacía que tenía que descansar de vez en cuando para relajar sus brazos. Fueron
cinco minutos interminables.
Salí de la consulta auténticamente convulsionado y tembloroso. Me tomé un café en la primera cafetería que encontré
para intentar relajarme antes de volver a casa. Tengo que reconocer que, además de llamarme de todo a mí mismo por ponerme en manos de
una versión moderna del doctor Mengele, me acordé de toda la parentela de Pedro. Llegué a mi casa, se lo conté a mi mujer y me senté
con mucho cuidado, como había hecho durante los últimos tres meses, en el sofá: “oye, que parece que me duele menos, que me puedo
sentar”.
Al cabo de tres días, el dolor de ciática era tan sólo un mal recuerdo, una mala pesadilla donde los traumatólogos y los
antiinflamatorios (que consiguieron finalmente destrozarme el estómago) aparecían y desparecían blandiendo martillos de goma para
probar mis reflejos en la pierna izquierda.
Me extiendo demasiado, y el paciente lector debe estar ya arrepintiéndose de haber empezado a leer este testimonio.
Así que ahí va mi conclusión: primeramente mi total reconocimiento a los traumatólogos y neurocirujanos, que realizan una espléndida
labor profesional. Muchos casos de hernia discal deben ser inevitablemente tratados con cirugía y, en muchos casos, la recuperación es
importante e incluso total. Pero no siempre es necesaria la cirugía: he aquí mi crítica, basada en mi propia experiencia y en la de
otras personas que han pasado por similar trance. La Osteopatía puede ayudar, y mucho, en casos de protusión discal, cuando el disco
intervertebral sale de su sitio y no se hernia (no se “rompe”). Mi caso no es aislado: son muchas las personas que están o estarán en
mi situación y pueden beneficiarse de un tratamiento osteopático.
Finalmente quiero aclarar que mi testimonio es sincero y real. Desde entonces no he vuelto a tener problemas con mi
espalda. Pero ¡cuidado!: hago estiramientos casi todos los días de la semana, no cargo peso con la espalda (siempre doblo las rodillas),
voy regularmente a un gimnasio para fortalecer especialmente la musculatura de la cintura y de las piernas y tengo además sanos hábitos
posturales. Y paso mi revisión mensual con Pedro, mi “ITV” osteopática. Él se encarga de revisar el estado de mi espalda y de colocar
mi cintura en su sitio, principal fuente posible de futuros problemas. Ésta es mi experiencia y no puedo dejar de recomendar una
consulta al osteópata quien, con criterio profesional, le dirá si le puede ayudar con su dolencia o no.
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